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Para dormir

El erizo que coleccionaba bostezos

Olmo guarda bostezos en frascos para ayudar a todo el bosque, hasta que descubre que algunas noches necesitan escucha, no soluciones rápidas.

3 a 6 años6 min de lecturaempatía, generosidad, límites, acompañamiento
Erizo en pijama guardando pequeños bostezos dorados en frascos dentro de una acogedora casa bajo la luna.

Relato tradicional

Olmo, el erizo, tenía una habilidad extraordinaria: podía atrapar bostezos.

Los recogía cuando salían volando de las casas del bosque y los guardaba en frascos. Había bostezos cortitos, bostezos dobles y uno tan grande que necesitó un tarro de mermelada familiar.

—Por si alguien no puede dormir —explicaba.

Una noche, la ardilla Rita pidió ayuda porque no dejaba de pensar en las nueces que debía ordenar. Olmo abrió un frasco. El bostezo salió, le dio tres vueltas y Rita quedó dormida sobre su lista.

Después llegó el castor. Luego el topo. Luego una familia completa de conejos. Olmo repartió bostezos hasta que solo quedó el frasco más pequeño.

Entonces llamaron a la puerta.

Era Pía, una ratoncita que acababa de mudarse al bosque.

—No puedo dormir —dijo—. Extraño mi casa antigua.

Olmo destapó el último frasco. Un bostezo diminuto voló hacia Pía, pero ella siguió despierta.

—Quizá necesita dos —dijo Olmo, revisando los estantes vacíos.

Buscó debajo de la cama, detrás del reloj y dentro de su gorro. Nada.

—Mañana conseguiré más —prometió—. Esta noche tendrás que intentar dormir muy fuerte.

Pía bajó la cabeza.

Olmo estuvo a punto de cerrar la puerta, pero recordó cómo se había sentido él cuando pasó su primera noche lejos de su mamá: ningún bostezo habría borrado aquel hueco en el pecho.

—Espera —dijo—. ¿Quieres contarme qué extrañas?

Pía habló de una cocina pequeña, de una pared con manchas de harina y de la vecina que cantaba al barrer. Olmo preparó una infusión y escuchó sin interrumpir. Cuando Pía lloró, no le dijo que dejara de hacerlo. Le acercó un pañuelo y se quedó a su lado.

Después construyeron una casita con cojines. Pía dibujó su antigua ventana y Olmo la colgó dentro.

—No es igual —dijo ella—, pero se siente un poco menos lejos.

Poco a poco, sus ojos comenzaron a cerrarse. Entonces bostezó.

El bostezo flotó por la habitación, grande, dorado y suave.

Olmo corrió por un frasco, pero se detuvo.

—Este no lo guardaré —decidió.

El bostezo se posó sobre ambos. Olmo y Pía se quedaron dormidos dentro de la casa de cojines.

A la mañana siguiente, Olmo cambió el letrero de su puerta. Antes decía: “Colección de bostezos. Soluciones rápidas”. Ahora decía:

“Bostezos, té y compañía. Aquí también sabemos escuchar”.

Siguió coleccionando bostezos, porque eran útiles y muy divertidos. Pero aprendió que no todos los corazones inquietos necesitaban un frasco. Algunos necesitaban tiempo, una historia y alguien que no se marchara mientras pasaba la tristeza.

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