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Emociones

El bolsillo donde cabía la nostalgia

Después de mudarse, Malena descubre que el bolsillo de su chaqueta puede guardar sonidos, olores y pequeños recuerdos de su antigua casa.

5 a 8 años7 min de lecturaadaptación, memoria afectiva, esperanza, pertenencia
Niña con una chaqueta de gran bolsillo del que salen recuerdos luminosos del mar mientras observa su nueva ciudad desde una ventana.

Relato tradicional

Malena había vivido toda su vida cerca del mar.

Conocía el sonido de las gaviotas al amanecer, la panadería que olía a coco y el muro donde se sentaba con sus amigos a contar barcos.

Cuando su familia se mudó a una ciudad entre montañas, todos le dijeron que sería una aventura.

Pero las aventuras, descubrió Malena, también pueden doler.

La nueva casa tenía un balcón bonito y una habitación más grande. Aun así, por las noches echaba de menos el ruido del mar. En la escuela nueva no sabía dónde sentarse ni quién entendía sus bromas.

Un día encontró en una caja su chaqueta azul. Metió la mano en el bolsillo y oyó:

—Shhhh… shhhh…

Era el mar.

Sacó la mano, sorprendida. El sonido desapareció.

Volvió a meterla y encontró un olor a pan de coco, la risa de su amiga Clara y un puñado de arena que no ensuciaba.

—Este bolsillo guarda nostalgia —dijo su abuelo por videollamada—. Algunas prendas aprenden a cuidar lo que queremos.

Malena empezó a llevar la chaqueta a todas partes. Cuando el recreo se hacía largo, metía dos dedos en el bolsillo y escuchaba a sus antiguos amigos. Cuando llovía sobre las montañas, buscaba el olor salado del muelle.

Al principio aquello la consolaba. Después comenzó a usarlo para desaparecer.

Una niña llamada Joana la invitó a dibujar durante el recreo.

—No puedo —respondió Malena, con la mano dentro del bolsillo.

Otro día la clase salió a conocer un río de agua transparente, pero Malena cerró los ojos para escuchar el mar.

Esa tarde el bolsillo pesaba tanto que la chaqueta casi tocaba el suelo.

—Creo que has guardado demasiadas cosas sin sacar ninguna —dijo mamá.

Malena lloró.

—Si me gusta algo de aquí, siento que estoy olvidando mi casa.

Mamá se arrodilló junto a ella.

—Querer un lugar nuevo no borra el anterior. El corazón no es una habitación con una sola silla.

Juntas vaciaron el bolsillo sobre la cama. Salieron sonidos, olores y recuerdos. Malena eligió tres para conservar: una caracola, la risa de Clara y el olor del pan de coco.

Luego dejó espacio.

Al día siguiente aceptó dibujar con Joana. Guardó en el bolsillo el color naranja del atardecer sobre las montañas. Después añadió el sonido del río y una nota que decía: “Hoy me reí en la escuela”.

El bolsillo se volvió ligero.

Malena siguió extrañando el mar. Algunas noches escuchaba la caracola y sentía un pinchazo en el pecho. Pero también empezó a reconocer las calles nuevas, a saludar al panadero y a tener un lugar favorito junto al río.

Meses después, cuando visitó su antigua ciudad, llevó la chaqueta.

Clara metió la mano en el bolsillo y oyó agua corriendo entre piedras.

—¿Qué es eso?

—Mi nuevo lugar —respondió Malena—. Todavía estoy aprendiendo a quererlo.

La nostalgia no se había ido.

Ahora viajaba acompañada.

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