Leo entró al bosque molesto porque había perdido una carrera. «¡Todo es horrible!», gritó. Desde las montañas una voz respondió: «¡Horrible!». Creyendo que alguien se burlaba, lanzó una palabra más áspera, y la misma palabra volvió hasta él.
Una guardabosques apareció entre los helechos. «El bosque no está peleando contigo», explicó. «Te devuelve lo que le entregas». Leo probó diciendo: «Buenos días». El eco contestó con un “buenos días” que saltó de roca en roca.
Durante el camino practicó palabras distintas: permiso, gracias, te escucho. No todas regresaron de inmediato, pero cambiaron la manera en que pisaba el sendero y miraba a quienes encontraba.
Al volver al pueblo, felicitó al niño que había ganado la carrera y le contó que se había sentido frustrado. Su compañero no se rio; le ofreció entrenar juntos. Aquel gesto fue un eco que Leo no esperaba.
Desde entonces, antes de hablar, imaginaba sus palabras viajando por el bosque y regresando a su puerta. Así aprendió que el respeto es una voz que cuida tanto a quien la recibe como a quien la pronuncia.




