En la casa de la tía Aurelia había un armario que nadie abría. No porque estuviera prohibido, sino porque su cerradura tenía dos agujeros y solo existían dos llaves.
Una la encontró Leo dentro de un zapato viejo.
La otra la encontró Mara en una tetera.
—La caja será mía —dijo Leo.
—Yo encontré una llave también —respondió Mara.
Discutieron hasta que llegó la tía Aurelia.
—Pueden seguir discutiendo —dijo—. La cerradura tiene todo el día.
Descubrieron que las llaves debían girarse al mismo tiempo.
Uno, dos, tres.
¡Clic!
Dentro había seis bloques de madera, dos cintas, una campanita, una lupa y una nota:
“Estas cosas saben hacerse grandes cuando se comparten bien”.
Leo miró los seis bloques.
—No son muchas cosas.
Construyó una torre con tres y apartó los demás.
Mara hizo una casita con los suyos.
Ninguno estaba muy impresionado.
Entonces Mara propuso:
—¿Y si juntamos algunos?
Con cuatro bloques hicieron un puente. Con los seis, una torre con puerta y muralla. Las cintas se volvieron ríos. La campanita era la alarma del castillo y la lupa, el ojo de un dragón científico.
La caja no tenía magia.
Ellos sí tenían imaginación.
Pero pronto apareció otra dificultad.
—Quiero la lupa.
—Yo también.
La tía Aurelia, que estaba cosiendo junto a la ventana, dijo:
—Compartir no siempre significa usar lo mismo a la vez.
Leo y Mara inventaron turnos. Mientras uno tenía la lupa, el otro decidía dónde esconder las huellas del dragón.
Luego Mara quiso conservar una cinta amarilla para una corona que estaba haciendo.
—Esa no quiero prestarla todavía —dijo.
Leo estuvo a punto de protestar.
La tía Aurelia intervino:
—Compartir es generosidad, no obligación. También podemos tener cosas especiales que cuidamos.
Leo lo entendió. Él tenía una piedra azul que tampoco prestaba.
Al final de la tarde guardaron los objetos en la caja.
Antes de cerrarla, añadieron algo: Leo dejó un dibujo de un dragón y Mara una pluma brillante.
—Ahora hay más cosas que cuando abrimos —dijo Leo.
—Eso decía la nota.
Desde entonces, la caja se abrió muchas veces. Algunos días compartían todo. Otros acordaban turnos. Y alguna vez alguien decía “esto prefiero guardarlo”, sin que por eso terminara el juego.
Porque aprendieron que compartir de verdad no consiste en quitarle algo a uno para dárselo a otro.
Consiste en encontrar una forma justa de hacer espacio para los dos.
Para disfrutar en familia
Después del cuento
Preguntas de comprensión
- ¿Por qué necesitaban colaborar Leo y Mara para abrir la caja?
- ¿Qué hicieron cuando ambos querían la lupa?
- ¿Por qué Mara podía decidir no prestar una cosa especial?
- ¿Qué hace que compartir se sienta justo?
Actividad para hacer juntos
Recorta o dibuja dos llaves. En una escribe “turnarnos” y en otra “preguntar antes de tomar”.
Una conversación que ayuda
Hablen de qué juguetes se pueden compartir y cuáles prefieren mantener personales.




