En una colina donde vivían tres cerditos hermanos. Cuando llegó el momento de construir sus propias casas, el primero levantó una de paja en una tarde; el segundo hizo una de madera en dos días; el tercero escogió ladrillos y trabajó despacio, desde que cantaba el gallo hasta que aparecían las estrellas.
Sus hermanos se reían al verlo medir, mezclar y volver a medir. «Ven a jugar», le decían. Él sonreía y respondía: «En cuanto esta pared quede firme». No construía por ser el más serio, sino porque quería una casa donde los tres pudieran sentirse seguros.
Una noche llegó un lobo hambriento. Se plantó ante la casa de paja y sopló: «». La paja salió volando como un puñado de plumas. El primer cerdito corrió a la casa de madera, pero el lobo sopló otra vez y las tablas crujieron hasta caer.
Los dos hermanos alcanzaron la casa de ladrillo con el corazón galopando. El lobo sopló una vez, dos veces y hasta siete. La chimenea tembló, las ventanas tintinearon, pero los muros siguieron en su sitio. Entonces intentó bajar por el tejado.
Los cerditos oyeron sus pasos y, en vez de asustarse, pensaron juntos. Encendieron la lámpara, y rugieron con voces tan enormes que el lobo creyó que allí vivía una familia de gigantes. Dio media vuelta y desapareció colina abajo.
A la mañana siguiente, los tres repararon lo perdido y construyeron dos casas nuevas, esta vez juntos. Aprendieron que hacer algo bien lleva tiempo, y que ninguna pared es más fuerte que unos hermanos dispuestos a ayudarse.
Sonidos listos




