Había una vez una niña de paso ligero y corazón curioso. Su abuela le había cosido una capa roja tan abrigada que todos terminaron llamándola Caperucita Roja. Una mañana, su madre puso pan, fruta y un frasco de miel en una canasta. «Llévaselos a la abuela, sigue el sendero y no te entretengas con desconocidos», le pidió mientras acomodaba el mantel.
El bosque olía a pino mojado y a moras. A mitad del camino apareció un lobo de modales melosos. Caperucita, olvidando la advertencia, le contó adónde iba. El lobo le señaló unas flores azules y, mientras ella escogía un pequeño ramo, corrió por el atajo hasta la casa de la abuela.
La abuela reconoció enseguida aquella voz fingida. Antes de que pudiera cerrar la puerta, el lobo entró y la dejó encerrada en la despensa. Después se puso su cofia, se cubrió hasta la nariz y aguardó en la cama con una sonrisa que no parecía de abuela.
Cuando Caperucita llegó, algo le resultó extraño. «Abuelita, ¡qué ojos tan grandes tienes!». «Son para verte mejor». «¡Y qué orejas tan grandes!». «Son para oírte mejor». Al ver los enormes dientes, la niña dio un paso atrás y gritó con todas sus fuerzas: «¡Auxilio!».
Un leñador que trabajaba cerca oyó el llamado. Entró, abrió la despensa y, entre los dos, hicieron tanto ruido con cacerolas y cucharones que el lobo huyó bosque adentro y no volvió a acercarse a aquella casa. La abuela abrazó a Caperucita hasta dejarle la capa toda arrugada.
De regreso, Caperucita caminó junto a su madre y le contó la verdad completa, incluso la parte que le daba vergüenza. Desde aquel día siguió escuchando su curiosidad, pero aprendió a acompañarla con prudencia y a pedir ayuda cuando algo no se sentía bien.




