Cuento tradicional británico
Ricitos de Oro caminaba por el bosque cuando encontró una casa con la puerta entreabierta.
Llamó, pero nadie respondió.
En lugar de esperar o regresar, entró.
Sobre la mesa había tres tazones de avena. Probó los tres y terminó el más pequeño. Después se sentó en tres sillas y rompió la menor. Finalmente subió a las camas y se quedó dormida.
La familia de osos regresó.
Encontraron la comida probada, la silla rota y a una desconocida en la habitación.
Ricitos despertó asustada.
Su primer impulso fue correr, pero el oso pequeño tenía los ojos llenos de tristeza.
—Esa era mi silla.
Ricitos respiró hondo.
—Entré sin permiso. Comí su comida y rompí algo. Lo siento.
La familia estaba molesta, aunque decidió escuchar.
Ricitos ayudó a limpiar, llevó madera para reparar la silla y regresó al día siguiente con avena nueva.
El oso pequeño no volvió a confiar inmediatamente.
—Necesito tiempo —dijo.
Ricitos aceptó.
Con las semanas, se conocieron de una manera distinta: llamando a la puerta, esperando respuesta y compartiendo cuando todos estaban de acuerdo.
La niña no perdió su curiosidad.
Aprendió a preguntar antes de entrar, tocar o usar.
Y comprendió que pedir disculpas no borra de inmediato lo ocurrido, pero puede ser el comienzo de una reparación verdadera.




