Adaptación del mito griego del rey Midas. Adaptación familiar original.
El rey Midas gobernaba un país de viñedos, montañas y ríos claros. Era amable con sus jardineros y sabía escuchar música, pero sentía una fascinación enorme por el oro. Contaba sus monedas antes del desayuno, después del almuerzo y, si no podía dormir, también a medianoche.
Su hija Lidia prefería las flores, los perros y las historias. A veces llevaba una margarita a la sala del tesoro para recordar a su padre que el amarillo no pertenecía únicamente a los metales.
Un día Midas ayudó a un anciano viajero que se había perdido. El visitante resultó ser amigo del dios Dioniso. En agradecimiento, Dioniso ofreció concederle un deseo.
Midas no necesitó pensarlo. Pidió que todo cuanto tocara se convirtiera en oro. Dioniso frunció el ceño y le aconsejó elegir otra cosa: sabiduría, buenas lluvias o quizá una memoria capaz de recordar dónde dejaba la corona.
El rey insistió. A la mañana siguiente tocó una rama y se volvió oro. Tocó una piedra, una silla y una escoba. Todo brilló. Midas corría por el palacio riendo mientras los sirvientes corrían detrás colocando carteles que decían: «Por favor, no tocar al rey».
Al principio parecía maravilloso. Incluso una vieja pantufla se transformó en una pieza digna de museo, aunque seguía siendo una pantufla bastante fea.
Llegó la hora de comer. Midas tomó un trozo de pan y se convirtió en oro. El queso se endureció, las uvas parecieron canicas y el agua se volvió una lámina metálica antes de alcanzar sus labios.
El rey comprendió que no podía alimentarse. Intentó usar guantes, pinzas y una cuchara larguísima, pero cada objeto terminaba dorado. El cocinero preparó una sopa tan líquida que esperaba engañar al hechizo. No funcionó; se convirtió en una hermosa olla con una sopa imposible de beber.
Midas empezó a sentir miedo. El oro llenaba la sala, pero no podía calmar su hambre ni darle un abrazo.
Lidia entró corriendo. Al ver a su padre triste, quiso consolarlo. Midas retrocedió y le pidió que no se acercara, pero tropezó con su capa. Su mano rozó el hombro de la niña.
En un instante, Lidia quedó convertida en una estatua de oro. Conservaba la expresión cariñosa con la que había intentado abrazarlo. El palacio entero guardó silencio.
Midas apoyó la frente en el suelo y llamó a Dioniso. «Llévate este poder», suplicó. «He confundido el brillo con la felicidad. Cambiaría todos mis tesoros por escuchar una vez más la risa de mi hija».
Dioniso apareció y le indicó que se lavara en el río Pactolo. Midas corrió sin tocar a nadie. Se sumergió y vio cómo pequeñas luces doradas abandonaban sus manos y se mezclaban con la arena.
Llenó una jarra con agua del río y regresó al palacio. La vertió sobre Lidia. El oro se deshizo como una capa de sol y la niña volvió a respirar. Su primera palabra fue: «Papá». La segunda: «Tengo hambre».
Midas rio y lloró al mismo tiempo. Después devolvió su forma natural a cuanto pudo. Algunas cosas quedaron doradas, entre ellas la pantufla, porque nadie recordaba dónde la habían puesto.
El rey abrió parte del tesoro para construir escuelas, reparar caminos y cuidar los viñedos. Conservó unas pocas monedas, pero dejó de contarlas cada noche.
En su jardín plantó margaritas con Lidia. Cuando los visitantes admiraban sus riquezas, Midas señalaba una mesa donde su familia compartía pan, fruta y conversación. «Este es mi verdadero tesoro», decía.
Con el tiempo, el río Pactolo siguió mostrando destellos entre la arena. La gente recordaba así que un deseo puede brillar muchísimo y aun así ocultar una sombra. El oro sirve para muchas cosas, pero no puede reemplazar el alimento, la libertad, el cariño ni la oportunidad de tocar una mano querida sin miedo.
## Para conversar en familia




