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Clásicos

El rey Arturo y el secreto de la Mesa Redonda

Acompaña al rey Arturo, Merlín y los caballeros de la Mesa Redonda en una aventura de valor, justicia, magia y amistad.

6 a 10 años4 min de lecturaJusticia y colaboración
El joven rey Arturo sostiene una espada brillante frente a los caballeros de la Mesa Redonda

Adaptación basada en las leyendas medievales del ciclo artúrico. Adaptación familiar original.

Arturo creció en una casa sencilla bajo el cuidado de sir Héctor. Aprendió a montar, a servir la mesa y a escuchar antes de hablar. No sabía que era hijo de un rey. Pensaba que su mayor destino consistiría en ayudar a su hermano Kay a recordar dónde dejaba la espada.

Cuando el reino quedó sin monarca, apareció en una plaza una piedra con una espada clavada. Una inscripción anunciaba que quien pudiera extraerla sería el legítimo soberano. Caballeros enormes tiraron de la empuñadura hasta quedar rojos, morados y bastante avergonzados.

Durante un torneo, Kay olvidó su espada. Arturo corrió a buscar otra y vio la que estaba en la piedra. La sacó con la facilidad con que se toma una cuchara de una taza. Luego intentó devolverla porque pensó que alguien podía necesitarla.

Nadie creyó al principio que aquel joven pudiera ser rey. Arturo repitió la prueba ante nobles y aldeanos. La espada volvió a salir. Merlín, el sabio de barba plateada, explicó su origen y advirtió: «Una espada puede señalar a un rey, pero solo sus decisiones demostrarán si merece seguir siéndolo».

Arturo fue coronado. Tiempo después recibió de la Dama del Lago una espada distinta, Excalibur, brillante como una mañana de invierno. Prometió usarla para proteger, nunca para presumir.

El nuevo rey encontró un problema inesperado: todos los caballeros querían sentarse más cerca de él. Las discusiones sobre las sillas duraban más que las reuniones.

Merlín mandó construir una gran mesa redonda. No tenía cabecera ni un lugar que pareciera más importante. Allí se reunieron Kay, Gawain, Lancelot y otros caballeros. Cada uno juró defender a los débiles, decir la verdad y aceptar que incluso un héroe necesita pedir ayuda.

El primer banquete fue solemne durante siete minutos. Después, sir Kay confundió una jarra con su casco y Gawain sostuvo que aquello mejoraba mucho la armadura. Arturo se echó a reír. Comprendió que una comunidad fuerte no necesita fingir perfección.

Esa misma noche desapareció la Campana de la Concordia, un objeto antiguo que sonaba cuando el reino debía reunirse ante un peligro. Sin ella, las aldeas más lejanas no recibirían aviso.

Las huellas conducían a la Colina Hueca, donde según las leyendas dormía un dragón. Cada caballero propuso un plan distinto. Lancelot quería entrar por la puerta principal; Kay prefería construir una catapulta; Gawain sugirió preguntar primero.

Arturo decidió combinar las ideas. Avanzaron hasta la cueva y encontraron al dragón Brumo usando la campana como almohada. No la había robado. Un grupo de cuervos la había llevado hasta allí, atraído por su brillo.

Brumo despertó con dolor de cabeza y lanzó una llamarada que tostó las plumas del casco de Kay. El caballero afirmó que era una nueva moda. El dragón explicó que el sonido de la campana le impedía dormir y que, cuando estaba cansado, el fuego se le escapaba al estornudar.

En vez de combatir, Arturo escuchó. Los caballeros trasladaron la campana y construyeron para Brumo una cámara profunda y silenciosa. El dragón, agradecido, los ayudó a sacar el objeto de una grieta donde había quedado atrapado.

Cuando regresaban, una tormenta derribó el puente. Excalibur no podía repararlo por sí sola. Lancelot tensó cuerdas, Gawain encontró un paso seguro, Kay utilizó su discutida catapulta para lanzar el extremo de una soga y Brumo calentó los remaches.

La misión tuvo éxito porque nadie intentó ser el único héroe. Hasta los cuervos colaboraron devolviendo las pequeñas piezas brillantes que se habían llevado.

La Campana de la Concordia volvió a sonar en Camelot. Arturo ordenó que también se utilizara para convocar consejos abiertos, donde campesinos, artesanos y viajeros pudieran presentar sus necesidades.

La Mesa Redonda se convirtió en símbolo del reino. No eliminaba las diferencias ni evitaba todas las discusiones. Recordaba algo más importante: ninguna persona debía quedar siempre por encima y ninguna voz debía ser ignorada por parecer pequeña.

Arturo vivió muchas aventuras y buscó grandes ideales, incluido el Santo Grial. Pero cuando alguien le preguntaba cuál había sido su hazaña más difícil, no hablaba de espadas ni dragones. Respondía: «Aprender a reunir personas valientes y conseguir que se escuchen». Y Merlín, desde un rincón, asentía como si hubiera sabido la respuesta desde el principio.

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