Cuento de Carlo Collodi
Geppetto construyó un muñeco de madera al que llamó Pinocho.
Una noche, la magia le dio movimiento y voz.
Pinocho estaba lleno de curiosidad, pero también quería hacer siempre lo primero que se le ocurría.
Geppetto lo inscribió en la escuela. Camino a clase, Pinocho encontró un espectáculo y cambió sus libros por una entrada.
Después se sintió avergonzado y mintió.
Cada vez que lo hacía, su nariz crecía.
No era un castigo para humillarlo. Era una señal visible de que sus palabras se estaban alejando de la verdad.
Pinocho vivió varias aventuras. Confiaba demasiado rápido, evitaba responsabilidades y prometía cosas que luego olvidaba.
También cometió errores que afectaron a Geppetto.
Cuando comprendió cuánto lo había preocupado, dejó de pensar solo en convertirse en un niño de verdad y comenzó a actuar como alguien capaz de cuidar.
Buscó a Geppetto, pidió ayuda cuando la necesitó y reconoció sus mentiras.
No reparó todo en un día.
Trabajó, estudió y cumplió pequeñas promesas.
La magia finalmente transformó su cuerpo de madera.
Pero Geppetto le explicó:
—No te volviste verdadero esta mañana. Comenzaste a serlo cada vez que elegiste decir la verdad, asumir una consecuencia y volver a intentarlo.
Pinocho siguió siendo curioso y a veces impulsivo.
La diferencia era que ya no huía de sus errores.
Había aprendido que crecer no significa dejar de equivocarse, sino hacerse responsable de lo que hacemos después.




