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Clásicos

Peter Pan y la isla de las historias perdidas

Vuela con Peter Pan, Wendy y los Niños Perdidos en un cuento de aventuras, piratas, humor y magia para leer en familia.

6 a 10 años4 min de lecturaImaginación y crecimiento
Peter Pan vuela sobre una ciudad nocturna acompañado por una pequeña hada luminosa

Adaptación original inspirada en la obra de J. M. Barrie. Adaptación familiar original.

En una casa de Londres, Wendy contaba cada noche una historia diferente a sus hermanos Juan y Miguel. Una hablaba de un zorro navegante; otra, de una reina que gobernaba una taza de té. Los niños creían que las historias dormían debajo de las almohadas hasta que alguien las llamaba.

Una noche entró por la ventana una sombra sin dueño. Detrás de ella apareció Peter Pan, un muchacho de ojos brillantes que llevaba hojas cosidas a la ropa. Lo acompañaba Campanilla, un hada diminuta cuya luz cambiaba de color según su humor.

Peter buscaba su sombra, pero también necesitaba ayuda. En Nunca Jamás, los Niños Perdidos habían olvidado cómo terminaban sus cuentos. Wendy cosió la sombra a los pies de Peter —con puntadas muy firmes— y aceptó viajar para averiguar qué ocurría.

Volar exigía un pensamiento feliz y una pequeña ayuda de polvo de hada. Juan pensó en una espada de madera; Miguel, en una tarta de chocolate; Wendy, en la ventana encendida de su casa. Se elevaron sobre los tejados mientras Campanilla intentaba mantenerlos en formación.

Atravesaron nubes que sabían a menta y una corriente de aire que hacía cosquillas. Peter aseguraba conocer el camino, aunque consultó tres veces a una estrella y una vez a una gaviota que no parecía convencida.

Nunca Jamás apareció bajo ellos: una isla con lagunas azules, bosques que cambiaban de lugar y una montaña cuya cima bostezaba humo.

Los Niños Perdidos recibieron a Wendy y a sus hermanos con alegría. Explicaron que, desde hacía días, todas las historias se detenían justo antes del final. Los dragones no eran vencidos, los tesoros no se encontraban y las meriendas nunca llegaban a servirse.

Campanilla descubrió un rastro de tinta que conducía hasta la laguna de los piratas. Allí, el Capitán Garfio guardaba un gran libro encadenado. Había robado los finales porque estaba cansado de aparecer siempre como el villano derrotado.

«Esta vez escribiré una historia donde yo gano, nadie se ríe de mi sombrero y el cocodrilo se vuelve vegetariano», declaró. A lo lejos se oyó un tic-tac. Garfio se subió de inmediato a una silla.

Peter quería atacar el barco sin esperar. Wendy propuso primero escuchar. Descubrieron que Garfio no solo temía al cocodrilo: temía que nadie recordara otra cosa de él. El capitán deseaba un final distinto, pero había escogido el peor modo de conseguirlo.

Los niños idearon una representación. Juan se disfrazó de juez, Miguel de cocodrilo —aunque su cola estaba hecha con una cortina— y los Niños Perdidos fingieron ser una tripulación que abandonaba a cualquier capitán incapaz de inventar su propia aventura.

Garfio salió de su camarote indignado. Peter aprovechó para liberar el libro, pero el pirata cerró la cubierta y comenzó una persecución entre mástiles, cuerdas y barriles que, para sorpresa de todos, contenían únicamente botones.

Wendy abrió el gran libro y empezó a leer en voz alta. Cada final regresó a su historia. Un puente apareció donde antes había un precipicio; una princesa encontró la llave de su torre; una merienda interrumpida llegó por fin a la mesa.

Garfio intentó arrebatarle el libro, pero Campanilla hizo brillar las páginas. Allí apareció una hoja en blanco con el nombre del capitán. Wendy le dijo: «No puedes cambiar tu historia robando la de los demás. Pero puedes empezar una nueva decisión».

En ese momento el cocodrilo subió al barco siguiendo el tic-tac de un reloj que había tragado. Garfio saltó a un bote y remó con tanta velocidad que ganó, sin discusión, la primera carrera náutica de Nunca Jamás.

Las historias volvieron a tener finales, aunque Peter recordó a todos que un buen final también puede ser el comienzo de otra aventura. Wendy, Juan y Miguel decidieron regresar. Amaban Nunca Jamás, pero también extrañaban los abrazos de su familia y la seguridad de su habitación.

Peter los acompañó hasta la ventana. Wendy le dijo que crecer no significaba olvidar. Significaba aprender nuevas formas de cuidar, imaginar y regresar a casa. Peter no prometió crecer, pero sí escuchar más finales antes de salir volando.

Desde entonces, Wendy dejó la ventana entreabierta algunas noches. No para escapar de su vida, sino para permitir que la imaginación entrara. Y cuando los adultos preguntaban por qué había polvo brillante sobre el alféizar, ella sonreía y respondía que ciertas historias, por fortuna, nunca aprenden a quedarse quietas.

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