Relato original basado en Génesis 6–9
Noé vivía en una época en la que muchas personas habían olvidado la bondad y la justicia. La violencia y el egoísmo crecían, pero Noé procuraba caminar con Dios y cuidar a su familia.
Un día, Dios le dio una tarea inesperada:
—Construye un arca grande y resistente.
Noé escuchó con atención. El barco tendría espacio para su familia, alimentos y animales de muchas especies. Dios le advirtió que vendría una gran inundación y que el arca protegería la vida.
La construcción tomó mucho tiempo.
Noé midió tablas, aseguró puertas y cubrió la madera para impedir que entrara el agua. Sus hijos trabajaron a su lado. Había días de cansancio, astillas en las manos y preguntas difíciles.
—¿De verdad será necesario un barco tan grande? —podían preguntarse.
Pero siguieron adelante.
Cuando el arca estuvo lista, comenzaron a llegar animales: aves, ovejas, elefantes, leones, reptiles y muchos más. Cada especie ocupó su lugar.
Después empezó a llover.
No fue una lluvia breve. El agua cubrió caminos, campos y montañas bajas. Dentro del arca había ruidos, movimiento y mucho trabajo. Alimentar a tantos animales no era una aventura silenciosa. Seguramente había plumas por todas partes, rugidos a horas poco convenientes y algún olor difícil de ignorar.
Sin embargo, el arca permaneció a salvo.
Con el tiempo la lluvia terminó y las aguas comenzaron a bajar. Noé envió aves para saber si la tierra estaba seca. Finalmente, una paloma regresó con una hoja de olivo.
Había vida otra vez.
Cuando pudieron salir, Noé y su familia agradecieron a Dios. Los animales corrieron, volaron y se dispersaron sobre la tierra.
Entonces apareció un arcoíris en el cielo.
Dios lo presentó como señal de su pacto y de su misericordia.
El arcoíris no borraba los días difíciles dentro del arca, pero anunciaba un nuevo comienzo.
La historia de Noé enseña que la obediencia puede requerir paciencia y esfuerzo. También recuerda que, después de una tormenta, Dios puede abrir un camino para comenzar de nuevo con esperanza.




