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Los músicos de Bremen y el concierto inesperado

Lee Los músicos de Bremen, cuento de los Hermanos Grimm sobre amistad, valentía y trabajo en equipo, adaptado para niños.

5 a 9 años4 min de lecturaAmistad y trabajo en equipo
Un burro, un perro, una gata y un gallo viajan juntos hacia Bremen para ser músicos

Relato tradicional recopilado por los Hermanos Grimm. Adaptación familiar original.

Bartolo, el burro, había llevado sacos durante tantos años que conocía cada piedra del camino. Un día oyó que su dueño pensaba reemplazarlo. En lugar de esperar con tristeza, se sacudió el polvo y decidió viajar a Bremen para convertirse en músico. No sabía tocar ningún instrumento, pero tenía un rebuzno con una potencia extraordinaria.

En la carretera encontró a Bruno, un perro viejo que ya no podía correr detrás de los conejos, aunque sí podía oler una galleta a tres calles de distancia. Después se unió Mica, una gata a la que acusaban de dormir demasiado. «No duermo», protestó ella. «Ensayo silencios».

Al atardecer escucharon a Carmelo, un gallo que cantaba sobre un tejado como si estuviera despidiendo al mundo. Su familia pensaba cocinarlo al día siguiente. Bartolo lo invitó a la banda. Carmelo aceptó antes de que terminaran la frase.

Los cuatro caminaron hacia Bremen inventando canciones. Bartolo marcaba el ritmo con los cascos, Bruno hacía los sonidos graves, Mica maullaba melodías elegantes y Carmelo alcanzaba notas capaces de despertar a una piedra.

No todo salió perfecto. Bruno confundió un espantapájaros con el director de una orquesta. Mica insistió en viajar dentro de una cesta que nadie quería cargar. Carmelo anunciaba cada amanecer dos horas antes de tiempo porque, según él, un artista debía sorprender al público.

Cuando cayó la noche estaban lejos de la ciudad. Desde la copa de un árbol, Carmelo vio una luz. Se acercaron y descubrieron una casa donde varios ladrones celebraban alrededor de una mesa llena de comida.

Los animales tenían hambre, pero no querían enfrentarse a los ladrones por separado. Bartolo propuso actuar como una sola criatura gigantesca. Se apoyó junto a la ventana; Bruno subió sobre su lomo, Mica trepó sobre Bruno y Carmelo se colocó arriba, muy orgulloso.

A una señal, ofrecieron su primera presentación: rebuzno, ladrido, maullido y canto de gallo, todo al mismo tiempo. Mica añadió un bufido dramático. Bruno perdió el equilibrio y golpeó un tambor. Bartolo estornudó. El resultado fue tan espantoso que los ladrones creyeron que un monstruo de cuatro pisos había llegado para cenarlos.

Salieron corriendo hacia el bosque. Los músicos entraron, comieron con moderación —excepto Bruno, que perdió la cuenta de las salchichas— y se acomodaron para dormir.

Más tarde, uno de los ladrones regresó para investigar. En la oscuridad confundió los ojos brillantes de Mica con brasas y acercó una vela. La gata le arañó la manga; Bruno ladró; Bartolo lanzó una patada al aire y Carmelo gritó desde una viga: «¡Quiquiriquí, segunda función!»

El ladrón volvió con sus compañeros asegurando que una bruja, un guardia, un gigante y un juez vivían en la casa. Nadie quiso regresar.

A la mañana siguiente, los cuatro amigos encontraron sacos de monedas robadas. No se los quedaron. Avisaron a los habitantes de la aldea cercana y ayudaron a devolver cada objeto a su dueño. En agradecimiento, la comunidad les permitió vivir en la casa.

Bartolo, Bruno, Mica y Carmelo nunca llegaron a Bremen. Descubrieron que el verdadero destino no siempre está al final del camino; a veces aparece cuando varias personas se atreven a ayudarse.

Transformaron la antigua guarida en una posada musical. Los viajeros recibían sopa caliente y un concierto. Con práctica, la banda mejoró muchísimo, aunque Carmelo seguía cantando antes de tiempo y Mica todavía incluía largos silencios en sus solos.

Quienes los habían considerado demasiado viejos o poco útiles fueron a visitarlos y comprendieron su error. Los cuatro amigos demostraron que la experiencia, la amistad y el trabajo en equipo pueden crear una vida nueva. Y cuando interpretaban su famosa «Sinfonía para espantar ladrones», nadie pedía una segunda canción, pero todos aplaudían.

## Para conversar en familia

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