Cuento de Hans Christian Andersen
Gerda y Kai eran grandes amigos.
Un invierno, un fragmento de espejo mágico entró en los ojos y el corazón de Kai. Desde entonces comenzó a ver defectos en todo y a tratar con frialdad a quienes lo querían.
La Reina de las Nieves lo llevó a su palacio de hielo, donde nada dolía porque nada se sentía.
Gerda decidió buscarlo.
Atravesó jardines, ríos y bosques. Recibió ayuda de personas y animales, y también aprendió cuándo debía descansar.
Al llegar al palacio encontró a Kai intentando formar una palabra con trozos de hielo.
—No necesito a nadie —dijo él.
Gerda no discutió.
Se sentó cerca y comenzó a recordar momentos compartidos: una taza rota que habían reparado, una canción mal cantada y una tarde de verano.
Kai quiso ignorarla, pero una lágrima derritió el fragmento de espejo.
No volvió a sentirse bien de inmediato.
Gerda lo acompañó mientras recuperaba recuerdos y emociones. Juntos encontraron la salida.
La Reina de las Nieves no los persiguió. Su poder solo era fuerte donde nadie aceptaba sentir.
Al regresar, Kai pidió disculpas por las palabras crueles que había dicho.
Gerda lo perdonó sin fingir que no le habían dolido.
La amistad necesitó tiempo, conversación y nuevos cuidados.
Ambos aprendieron que un corazón frío no se calienta con órdenes.
Se calienta con verdad, paciencia, límites y la presencia de alguien que recuerda quiénes somos incluso cuando nosotros lo hemos olvidado.




