Cuento de Hans Christian Andersen
Una noche de tormenta, una joven llegó al castillo pidiendo refugio.
Dijo ser princesa, pero estaba empapada y cubierta de barro.
La reina quiso comprobar si decía la verdad. Colocó un guisante debajo de muchos colchones.
A la mañana siguiente preguntó cómo había dormido.
—Agradezco el refugio —respondió la joven—, pero algo pequeño bajo la cama me incomodó toda la noche.
La reina quedó sorprendida por su sensibilidad.
El príncipe, sin embargo, preguntó:
—¿Por qué tendría que sufrir para demostrar quién es?
La joven estuvo de acuerdo.
Explicó su historia, mostró documentos y habló de su reino. No necesitaba que un guisante decidiera su identidad.
La reina reconoció que su prueba había sido injusta.
La joven permaneció unos días en el castillo. Su sensibilidad resultó útil: notaba corrientes de aire, alimentos en mal estado y cambios de ánimo que otros pasaban por alto.
También aprendió a pedir adaptaciones sin vergüenza.
Con el tiempo, ella y el príncipe se hicieron amigos y eligieron compartir proyectos.
El guisante quedó en una vitrina con una placa que decía:
“No todas las pruebas necesarias son justas, y sentir mucho también puede ser una forma de comprender mejor”.
Desde entonces, el castillo dejó de utilizar el sufrimiento como examen de autenticidad.




