En el borde de un bosque profundo vivían Hansel y Gretel con su padre, un leñador que atravesaba tiempos difíciles. Cierta mañana, durante una caminata para buscar leña, una niebla espesa cubrió los senderos. Cuando se disipó, los niños ya no alcanzaban a oír el hacha de su padre.
Hansel dejó caer piedritas blancas para marcar el camino, pero un arroyo crecido se llevó varias. Gretel tomó la mano de su hermano. «No gastemos el miedo imaginando lo peor», dijo. Caminaron hasta que la luna apareció entre las ramas y vieron, al fondo, una casa con techo de galleta y ventanas de azúcar.
Tenían tanta hambre que probaron una esquina. Entonces salió una anciana de voz dulce y ojos inquietos. Les ofreció sopa caliente y camas blandas, pero al amanecer cerró la puerta con llave. Quería obligarlos a trabajar para ella y no pensaba dejarlos marchar.
Hansel observó dónde guardaba la llave; Gretel escuchó cada crujido de la casa. Durante varios días fingieron no saber nada mientras planeaban su salida. Una tarde, cuando la anciana se inclinó sobre el gran horno de pan, Gretel cerró la pesada puerta y corrió por la llave. No esperaron a saber cuánto tardaría en abrirla.
Los hermanos atravesaron el bosque guiándose por el sol y por el sonido de un río. Una garza les mostró un paso entre las piedras. Al otro lado encontraron el sendero de las piedritas y, poco después, a su padre, que llevaba días buscándolos.
El leñador los abrazó llorando y prometió que nunca volverían a separarse en el bosque. Hansel y Gretel comprendieron que el valor no siempre ruge: a veces observa, espera y aprieta con fuerza la mano de alguien querido.




