Cuento de Hans Christian Andersen
Entre veinticinco soldaditos de plomo había uno con una sola pierna, porque el metal se había terminado antes de completar la figura.
El soldadito se mantenía erguido, aunque el equilibrio le costaba más.
Desde una mesa observaba a una bailarina de papel que también parecía sostenerse sobre una sola pierna.
Una ráfaga lo empujó por la ventana. Cayó a la calle y unos niños lo colocaron en un barco de papel.
La corriente lo llevó por canales y túneles.
El soldadito sintió miedo, pero no creyó que debía fingir lo contrario.
—Necesito una forma de mantenerme estable —pensó.
Utilizó un pliegue del barco como apoyo y evitó caer.
Más adelante, una familia encontró el barco y lo llevó de regreso a la casa.
La bailarina seguía allí.
—Todos dicen que eres valiente porque nunca te mueves —dijo ella.
—A veces no me movía porque no sabía cómo pedir ayuda.
La familia construyó una pequeña base para que el soldadito pudiera permanecer de pie con comodidad.
Él dejó de pensar que aceptar apoyo reducía su valor.
Siguió siendo firme, pero ya no confundía dignidad con soportarlo todo solo.
Junto a la bailarina aprendió que un cuerpo diferente no es una pieza defectuosa.
A veces solo necesita una forma distinta de equilibrio.




