Cuento de Hans Christian Andersen
En una granja, una pata esperaba que sus huevos se abrieran.
Uno tardó más que los demás. De él salió un ave más grande, de plumas grises y patas largas.
—Qué diferente —murmuraron algunos animales.
Al principio lo llamaron simplemente “el pequeño gris”. Pero pronto comenzaron las burlas.
—Camina raro.
—Ocupa demasiado espacio.
—No se parece a nosotros.
El pequeño intentó encogerse para pasar desapercibido. Se quedaba al final de la fila y comía cuando los demás terminaban.
Su madre lo defendía, pero no siempre podía evitar que lo lastimaran con palabras.
Un día decidió marcharse.
Viajó por pantanos y campos. Conoció animales amables y otros que solo querían que se comportara como ellos. En una casa le dijeron que sería aceptado si aprendía a poner huevos o a ronronear.
—No sé hacer ninguna de esas cosas —respondió.
—Entonces no eres útil aquí.
El invierno llegó. El pequeño sobrevivió gracias a un campesino que lo encontró junto al hielo y lo llevó a un cobertizo cálido.
Cuando regresó la primavera, salió de nuevo.
En un lago vio aves blancas, elegantes y tranquilas.
Quiso acercarse, aunque temía que también se burlaran.
—Si me rechazan, al menos habré sido valiente —pensó.
Bajó la cabeza hacia el agua y vio su reflejo.
Ya no era el ave gris y desgarbada de la granja.
Era un cisne.
Los otros cisnes se acercaron.
—¿Quieres nadar con nosotros?
El joven aceptó, pero su alegría no provenía solamente de ser hermoso. Comprendió que incluso si sus plumas hubieran seguido grises, nadie tenía derecho a maltratarlo.
Había pasado tanto tiempo buscando un lugar donde encajar que casi olvidaba que también merecía respeto mientras lo encontraba.
Años después, cuando veía un ave joven apartada por ser distinta, se acercaba primero.
—Aquí puedes nadar con nosotros —decía.
Porque haber encontrado su identidad no borró el dolor del rechazo.
Lo convirtió en alguien capaz de reconocerlo y evitar que otro tuviera que atravesarlo solo.




