Cuento de Charles Perrault
Cuando murió su padre, Tomás heredó un gato.
—Mis hermanos recibieron tierras y herramientas —dijo—. Yo recibí un animal que duerme sobre mis zapatos.
El gato abrió un ojo.
—Si me das unas botas y confías en mí, puedo ayudarte.
Tomás aceptó.
El gato era ingenioso. Llevó productos del campo al palacio y consiguió que el rey conociera el trabajo de Tomás.
Pero, en lugar de inventar títulos y riquezas, decidió presentar la verdad de forma inteligente.
—Mi dueño no es noble —explicó—, pero sabe cultivar, reparar molinos y tratar a las personas con respeto.
El rey quiso conocerlo.
Durante la visita, una tormenta dañó un puente. Tomás organizó a los vecinos, utilizó sus conocimientos y logró repararlo.
La princesa, que participaba en la administración del reino, quedó impresionada.
—Tu gato habla mucho —dijo—, pero tú sabes hacer.
Con el tiempo, Tomás recibió tierras para trabajar y oportunidades para estudiar. El gato continuó ayudándolo a presentarse con confianza.
No necesitó convertirlo en otra persona.
Solo ayudó a que los demás vieran capacidades que antes pasaban desapercibidas.
Tomás y la princesa se hicieron amigos y luego compañeros de vida y trabajo.
El gato obtuvo una habitación con cojines, aunque siguió durmiendo sobre las botas de Tomás.
Había aprendido que la astucia puede abrir una puerta, pero solo el carácter y el trabajo permiten permanecer al otro lado.




