Relato original basado en Éxodo 1–2
El pueblo de Israel vivía en Egipto y era obligado a realizar trabajos muy duros.
El faraón temía que los israelitas se volvieran demasiado numerosos. Por eso dio una orden injusta y peligrosa contra los bebés varones hebreos.
En una familia nació un niño hermoso y sano.
Su madre, Jocabed, lo escondió durante varios meses. Lo alimentaba, lo arropaba y trataba de mantenerlo seguro mientras buscaba una salida.
Pero el bebé crecía y su llanto era cada vez más difícil de ocultar.
Jocabed preparó una cesta de juncos. La cubrió cuidadosamente para que no entrara agua y colocó dentro al niño.
No lo dejó a la deriva sin vigilancia. Puso la cesta entre las plantas de la orilla del río, y Miriam, la hermana mayor del bebé, observó desde cierta distancia.
La hija del faraón llegó al río con sus acompañantes. Al ver la cesta, pidió que la recogieran.
Cuando la abrió, encontró al bebé llorando.
Comprendió que era un niño hebreo y sintió compasión.
Miriam se acercó con valentía.
—¿Quieres que busque a una mujer hebrea que pueda alimentarlo y cuidarlo?
La princesa aceptó.
Miriam corrió a buscar a su propia madre.
Así, Jocabed pudo cuidar nuevamente a su hijo durante sus primeros años. Más tarde, el niño fue llevado al palacio y recibió el nombre de Moisés, relacionado con haber sido sacado del agua.
Muchas manos participaron en su protección: una madre que preparó una cesta, una hermana que vigiló, una princesa que eligió la compasión y varias mujeres que no obedecieron órdenes injustas.
Moisés creció sin saber todavía que Dios lo usaría para liberar a su pueblo.
Su historia comenzó no con una gran hazaña, sino con actos de cuidado.
La cesta era pequeña frente al río y frente al poder del faraón. Sin embargo, llevaba dentro una vida valiosa y una esperanza enorme.
Esta historia recuerda que proteger a un niño puede requerir creatividad, valentía y cooperación. También muestra que Dios puede usar decisiones compasivas para preparar algo mucho mayor de lo que las personas alcanzan a ver.




