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Clásicos

Las aventuras de Tom Sawyer y el mapa escondido

Una adaptación familiar de Las aventuras de Tom Sawyer con la cerca, Huck, Becky, una cueva, un mapa y un tesoro inesperado.

7 a 11 años4 min de lecturaValentía y responsabilidad
Tom Sawyer con sombrero de paja sostiene una caña junto al río Mississippi y un barco de vapor

Adaptación original inspirada en la novela de Mark Twain. Adaptación familiar original.

Tom Sawyer vivía con su tía Polly en un pueblo junto al río Mississippi. Tenía una imaginación tan activa que una mañana común podía convertirse en una expedición y una cuchara perdida en evidencia de un misterio internacional.

Un sábado, después de una travesura, tía Polly le ordenó pintar una cerca larguísima. Tom comenzó con cara de funeral. Cuando apareció su amigo Ben comiendo una manzana, Tom fingió estar realizando un trabajo delicado y exclusivo.

«No cualquiera sabe pintar una cerca correctamente», dijo. Ben pidió probar. Tom aceptó a cambio de la manzana. Después llegaron más niños y pagaron con canicas, botones, un silbato y hasta una rana de dudosa educación. Al mediodía la cerca tenía varias capas de pintura y Tom era el muchacho más rico del barrio en objetos inútiles.

Tom y su amigo Huck Finn soñaban con encontrar tesoros. Construyeron una balsa pequeña y navegaron hasta una isla cercana, donde se declararon piratas. Su botín consistía en tres galletas, una cuerda y el silbato ganado durante la pintura.

La aventura perdió parte de su encanto cuando empezó a llover. Tía Polly y las demás familias, al no saber dónde estaban, se preocuparon muchísimo. Los muchachos regresaron a escondidas y escucharon a los adultos hablar de ellos con tristeza.

Tom comprendió que irse sin avisar no era una hazaña valiente. Era dejar una preocupación enorme en el corazón de quienes los querían. Se presentó ante tía Polly, pidió perdón y recibió un abrazo tan fuerte que casi confesó travesuras que todavía no había cometido.

Días después, la escuela organizó una excursión a la cueva de McDougal. Tom caminaba con Becky Thatcher, su amiga, contando historias sobre pasadizos secretos. Decidieron explorar una galería lateral y marcaron el camino con trozos de vela.

Una corriente de aire apagó una de las llamas. Cuando quisieron regresar, descubrieron que las paredes parecían iguales. Tom intentó bromear, pero vio el miedo de Becky y decidió actuar con calma.

Compartieron la comida, protegieron la última vela y escucharon el goteo del agua. Tom recordó que una corriente de aire podía señalar una salida. Ató una cuerda a una roca y avanzó para no perder el camino.

En una galería distante, Tom vio la luz de una linterna y la sombra de un hombre que escondía una caja. Se ocultó antes de ser descubierto. No era el momento de jugar a los detectives: debía sacar a Becky de allí.

Siguiendo el aire fresco, encontró una abertura estrecha hacia el río. Regresó por Becky y ambos salieron cubiertos de barro, cansados y felices de ver el cielo.

El pueblo los recibió con campanas y lágrimas. Tía Polly no preguntó primero por la ropa arruinada. Los abrazó. Tom entendió que el valor no consistía en no sentir miedo, sino en cuidar a otra persona mientras uno también lo sentía.

Cuando la cueva fue cerrada por seguridad, Tom contó a Huck lo que había visto: la caja escondida y el hombre de la linterna. Avisaron al juez antes de hacer cualquier otra cosa. Los adultos investigaron y descubrieron que unos ladrones planeaban recuperar el botín.

Gracias a las indicaciones de Tom, encontraron una entrada segura. La caja contenía monedas antiguas y documentos que permitieron devolver parte del dinero a varias familias.

Tom y Huck recibieron una recompensa. Durante una semana hablaron de comprar barcos, espadas y una isla. Al final reservaron una parte, ayudaron a tía Polly y gastaron una cantidad razonable en una merienda gigantesca.

Tom siguió siendo travieso. Todavía olvidaba tareas y encontraba caminos innecesariamente largos para volver de la escuela. Pero empezó a distinguir una aventura de una imprudencia.

Con Becky y Huck formó un club de exploradores. Sus reglas eran claras: avisar a un adulto, llevar agua, marcar el camino y no aceptar como tesoro nada que perteneciera a otra persona. Ben añadió una quinta regla: nadie volvería a pintar una cerca sin cobrar.

Cada tarde, el vapor de los barcos cruzaba el Mississippi y Tom imaginaba lugares lejanos. Sabía que algún día viviría nuevas aventuras. También sabía algo que antes no comprendía: regresar a casa, contar la verdad y encontrar encendida la lámpara de tía Polly podía ser la mejor parte de cualquier viaje.

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