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Timoteo, el niño que amaba la palabra

Timoteo, el niño que amaba la palabra

Desde muy pequeño, Timoteo creció rodeado del amor de su mamá Eunice y de su abuelita Loida. Ellas no sólo lo cuidaban, sino que cada día le contaban historias de la Palabra de Dios. Con paciencia le enseñaban a leer, a repetir versículos y a memorizarlos hasta que quedaban guardados en su corazón. Timoteo escuchaba con atención. Aunque era niño, comprendía que esas palabras eran especiales, diferentes a cualquier otra. Le daban paz, alegría y lo hacían sentir muy cerca de Dios. Mientras otros niños jugaban, él también lo hacía, pero siempre encontraba tiempo para recordar lo aprendido. Le gustaba repetir los pasajes en voz baja mientras caminaba o cuando se iba a dormir, como si fueran melodías para su alma. Con el paso de los años, aquel niño amante de la Palabra creció y se convirtió en un joven lleno de fe y valentía. Fue entonces cuando conoció al apóstol Pablo, un hombre que viajaba de ciudad en ciudad predicando sobre Jesús. Pablo vio en Timoteo un corazón dispuesto, humilde y fuerte en la fe, y lo invitó a acompañarlo en sus viajes misioneros. Aunque Timoteo era más joven que muchos, se convirtió en un gran compañero de Pablo. Predicó en ciudades, animó a las iglesias y demostró que, desde niño, el amor por la Palabra de Dios lo había preparado para ser un verdadero líder de fe.

moraleja :Cuando los niños aprenden y aman la Palabra de Dios desde pequeños, están sembrando semillas que crecerán en su corazón. Un día, esas semillas los ayudarán a ser valientes y a guiar a otros con fe y amor.

Fin

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