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Noé y el Arca

Noé y el Arca

Hace mucho, mucho tiempo, la tierra estaba llena de personas que se habían olvidado de Dios. La gente discutía, peleaba y hacía cosas malas. Pero entre todos ellos había un hombre diferente: Noé. Noé era justo, amaba a Dios y enseñaba a sus hijos a ser buenos. Una noche tranquila, mientras miraba las estrellas, escuchó la voz de Dios en su corazón: Noé, he visto la maldad en el mundo, y pronto enviaré un diluvio para limpiar la tierra. Pero tú y tu familia estarán a salvo, porque me has sido fiel. Construye un arca muy grande de madera. Noé respiró profundo, y aunque no entendía cómo sería un diluvio tan grande, confió en las palabras de Dios. Con manos firmes y mucho esfuerzo, comenzó a construir el arca. Sus vecinos se acercaban a reírse de él: ¡Ja, ja! ¿Qué haces, Noé? ¡Ni siquiera llueve y tú construyes un barco en medio de la tierra seca! Pero Noé no se detuvo. Martilló, cortó, midió y siguió obedeciendo. Su esposa y sus tres hijos también lo ayudaban, aunque no siempre era fácil. Cuando el arca estuvo lista, ocurrió algo sorprendente: los animales comenzaron a llegar de dos en dos. Venían leones majestuosos, jirafas de cuello largo, elefantes con pasos pesados, conejitos saltarines y hasta pájaros de colores que revoloteaban felices. Noé abrió la gran puerta del arca y cada especie fue entrando, macho y hembra, como Dios había ordenado. Sus hijos miraban asombrados y decían: ¡Papá, mira! ¡Hasta los osos vienen caminando en fila! Finalmente, Dios cerró la puerta del arca. Entonces las nubes se oscurecieron y comenzó a llover. Primero fueron gotas suaves, luego una tormenta inmensa. Llovió por cuarenta días y cuarenta noches. Los ríos crecieron, las montañas se cubrieron de agua, y la tierra entera quedó inundada. Dentro del arca, Noé y su familia escuchaban el rugido del viento y el golpeteo de la lluvia, pero estaban tranquilos, porque sabían que Dios los cuidaba. Después de muchos días, la lluvia se detuvo. El sol brilló otra vez y las aguas comenzaron a bajar lentamente. Noé soltó una paloma para ver si encontraba tierra seca. La primera vez regresó sin nada. La segunda vez, trajo en su pico una ramita de olivo, ¡la señal de que había vida fuera del agua! El corazón de Noé se llenó de esperanza. Cuando por fin bajaron del arca, la tierra estaba limpia y fresca. Dios puso en el cielo un hermoso arco iris, lleno de colores brillantes. Y le dijo a Noé: Esta es mi promesa: nunca más destruiré la tierra con un diluvio. Cada vez que veas el arco iris, recuerda mi amor y mi fidelidad. Noé, su familia y los animales se alegraron. Y desde ese día, el arco iris se convirtió en símbolo del gran amor de Dios.

moraleja :Cuando obedecemos a Dios, aunque otros no lo entiendan, Él nos guarda y cumple sus promesas. Así como el arco iris brilla después de la tormenta, siempre hay esperanza para quienes confían en Él.

Fin

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