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David y Goliat

David y Goliat

En Israel vivía un muchacho llamado David. Era el menor de ocho hermanos y se encargaba de cuidar las ovejas de su padre. Aunque parecía una tarea sencilla, David lo hacía con amor: tocaba su arpa para que las ovejas estuvieran tranquilas y las defendía con valentía cuando venían osos o leones. Un día, el padre de David le pidió que llevara comida a sus hermanos, que estaban en el campo de batalla contra los filisteos. Cuando David llegó, escuchó un rugido que hizo temblar la tierra. Era Goliat, un gigante enorme, vestido con armadura brillante, que todos los días desafiaba al ejército de Israel: ¡Elijan a uno de ustedes para pelear conmigo! Si me vence, seremos sus siervos, pero si yo lo venzo, ustedes nos servirán a nosotros. Los soldados estaban aterrados. Nadie se atrevía a enfrentarlo. Pero David, al escuchar sus palabras, sintió indignación en su corazón. ¿Quién es este gigante para desafiar al pueblo del Dios vivo? exclamó. Sus hermanos lo reprendieron: ¡Vuelve a cuidar las ovejas, David! Esto no es asunto tuyo. Pero David respondió con firmeza: Yo iré contra él, porque Dios me dará la victoria. El rey Saúl se sorprendió de la valentía del joven, pero le advirtió: Eres solo un muchacho, y él es un guerrero desde su juventud. Entonces David contó cómo había defendido a sus ovejas de osos y leones, y dijo: El mismo Dios que me libró antes, me librará ahora. Saúl le puso una armadura pesada, pero David apenas podía caminar. Sonrió y la dejó a un lado: No necesito esto. Solo necesito confiar en Dios. Tomó su honda, eligió cinco piedras lisas del arroyo y caminó hacia el gigante. Goliat lo vio y se burló: ¿Acaso soy un perro para que vengas contra mí con un palo? ¡Te venceré en un instante! David levantó su mirada y dijo con voz fuerte: Tú vienes con espada y lanza, pero yo vengo en el nombre del Señor Todopoderoso. Hoy sabrás que Dios es el verdadero Rey. Corrió hacia Goliat, puso una piedra en su honda, la giró con fuerza y la lanzó. La piedra voló por el aire y golpeó la frente del gigante, que cayó al suelo con estruendo. El ejército de Israel gritó de alegría y corrió detrás de los filisteos, que huyeron asustados. Ese día, todos entendieron que la victoria no dependía de la fuerza, sino de la fe en Dios. David levantó sus ojos al cielo y agradeció con su corazón lleno de humildad.

moraleja :No importa lo pequeños que seamos ni lo grandes que parezcan los problemas. Con fe en Dios, siempre podemos vencer los gigantes que se levantan en nuestra vida.

Fin

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